El sábado 3 de agosto de 2013 tuvo un gustito especial. Sabía
que cuando caiga la noche (el horario del rock por excelencia), me iba a topar
con un recital que esperé durante mucho tiempo, y que ni el gélido clima de
Buenos Aires iba a detener: El regreso de Kefren.
Al llegar, la primera imagen fue el Kissmóvil, un Dodge 1500
naranja aerografiado con las caras de los integrantes de Kiss en el capot, y
las motos de siempre sobre la vereda, esas que escoltan todos los recitales de
Kefren desde sus primeros shows en Flores dos décadas atrás. Definitivamente
era ahí.
Al ingresar, el stand de Chelo con el merchandising
inagotable, las parejas de cuero y tachas, las caras conocidas que van y
vienen, los padres rockeros con sus hijos, y los que en el último recital de
Kefren no eran padres, y ahora llevan al pequeño a sus primeros conciertos. El
ambiente ideal para presenciar en familia kissera, en familia del rock, el
regreso de la banda argentina que mejor captó la esencia musical de los cuatro
carapintadas de New York.
